Carmen tenía reunión en el despacho de su jefa a las once. Debían hablar con su defendido y preparar las primeras alegaciones para la vista con el juez el próximo miércoles.
La mujer de su cliente había aparecido muerta por asfixia en un descampado a cinco kilómetros de su casa de Pozuelo. Parecía que había sido un robo y no había signos de violación. Pese a que no había pruebas contundentes y tenía una coartada sólida, todos señalaban al marido. El sospechoso, un reconocido oftalmólogo madrileño parecía haber asimilado el asesinato de su mujer con una naturalidad pasmosa.
Cuando llegó al bufete, Carmen lo vio dirigirse al despacho de Mila. Le calculó unos cuarenta y cinco, era alto y estaba en forma. Llevaba un traje italiano azul oscuro y camisa blanca, sin corbata.
Cuando entró, se levantó a saludarla. Se fijó en sus bonitos ojos azules y en sus ligeras entradas rubias.
«Esas arrugas alrededor de los ojos son propias de alguien que ha pasado mucho tiempo al sol, navegando o esquiando. Quizá ambas» pensó.
—Encantada, señor Echegoyen.
—Llámeme Beltrán, por favor.
No se dejó impresionar por su sonrisa.
Se sentaron. Carmen miró a Mila, esta asintió. Fue al grano.
—Hábleme de su esposa y de su relación, por favor. ¿Tenían ustedes problemas?
—Paloma era fantástica. Nuestra relación era muy buena. Yo la quería mucho y ella a mí —contestó tranquilo. Nos casamos hace diez años y siempre estuvimos de acuerdo en no tener hijos. Los dos teníamos muy clara nuestra vocación profesional y éramos felices así.
—Cuénteme qué pasó ese día. Por favor, no omita ningún detalle por pequeño que sea.
—Desayunamos sobre las siete, como cada día y me fui a trabajar. Prefiero madrugar porque hay menos tráfico. Además, me gusta llegar el primero a la consulta. Paloma me dijo que saldría a correr como cada día antes de ir a trabajar. Era dentista.
Hablamos para ver si podríamos comer juntos, pero le envié un whatsapp a mediodía diciéndole que tenía una comida con un cliente y no me contestó. La llamé más tarde y le dejé un mensaje en el buzón de voz. No me extrañó, pensé que tendría follón en la consulta. Cuando llegué a casa por la tarde no estaba, pero vi su cartera y las llaves del coche en la cocina. Empecé a preocuparme y llamé a la clínica, me dijeron que no había ido en todo el día. Entonces llamé a la policía.
—Su mujer quedó huérfana hace apenas un año y es la heredera universal de la fortuna de su padre, un famoso arquitecto ¿verdad?
—Sí, así es.
—Y por lo tanto, ahora es usted quien hereda.
—Así es, pero eso no demuestra que maté a mi mujer. Estuve todo el día en la consulta, puede preguntar a mi secretaria y a mis pacientes.
—Yo no he insinuado tal cosa, señor Echegoyen.
Un rato después, cuando se hubo marchado, hablaban las dos solas.
—¿No te llama la atención que ya hable de su mujer en pasado? Apenas lleva veinticuatro horas muerta —dijo Mila.
—Sí, no es lo normal. No ha derramado ni una lágrima y parecía tener calculadas todas sus palabras y movimientos, como si los hubiera ensayado.
Carmen se fijaba mucho en la comunicación no verbal. Recordó a Beltrán sentado con la espalda apoyada y las piernas cruzadas. No le temblaban ni le sudaban las manos, apenas se tocó la cara o el pelo y mantuvo la mirada en todo momento a sus dos interlocutoras mientras estas le hacían preguntas.
Carmen era muy buena en los juicios. Jugaba con su aspecto aniñado y su voz dulce para desestabilizar al contrario. Algunos bajaban la guardia al ver a aquella chica rubia con nariz respingona que parecía recién salida de la facultad y eso le daba ventaja. Era suave en la forma, pero implacable en el fondo.
A Mila no le hizo falta leerse su curriculum cuando la entrevistó. Conocía algunos de los casos en los que había trabajado y la fichó enseguida. El caso del violador de Vitoria fue muy sonado, a Carmen casi le cuesta la carrera y su matrimonio, pero había conseguido encerrarle.
Su relación era cordial, pero distante. Aunque llevaban trabajando juntas varios años no habían llegado a hacerse amigas. Hablaban de sus vidas por encima, sin entrar en detalles. Carmen había propuesto quedar para cenar con sus maridos un par de veces sin éxito.
Al día siguiente se presentó en el despacho a primera hora con dos cafés.
—¿Qué tal? No tienes buena cara.
—No he pegado ojo, la niña no ha parado de llorar en toda la noche y mi marido no se entera. Si explotara una bomba nuclear a su lado, se daría la vuelta y seguiría durmiendo.
—Sí, a mí me pasaba igual cuando le salieron los dientes al pequeño. Gonzalo tenía moratones en las costillas de los codazos que le daba para que se levantara.
Enseguida se pusieron a revisar la documentación. Ninguna de las dos mujeres estaba convencida de la inocencia de su cliente, pero no les pagaba para eso.
—Tenemos que volver a hablar con los policías que encontraron el cuerpo. Parece que las pruebas no se tomaron correctamente. Si conseguimos probar que se rompió la cadena de custodia, intentaremos que invalidan el caso.
—De acuerdo. Por otro lado, seguimos investigando si alguno de los dos tenía una relación extramatrimonial y hoy recibiremos los datos de la autopsia. Espero que saquemos algo en claro. Hoy voy a entrevistar a la secretaria, si está liada con él, puede haber mentido para encubrirle.
Llamaron a la puerta del despacho, pero no entró nadie. Mila se puso tensa y se levantó.
—Ahora vuelvo.
Carmen no pudo evitar oírlo.
—Por favor, para. No estoy sola, Carmen está en mi despacho.
Que nos acostáramos el otro día no significa que vaya a volver a pasar, ya te lo dije —susurró.
—Quiero volver a verte, me estoy volviendo loco.
Carmen estaba de espaldas y sabía que cualquier movimiento la delataría. No lograba distinguir la voz, apenas eran susurros. Dejó de teclear para oír mejor.
Siguieron hablando:
—Ven a casa cuando salgas y nos tomamos una copa.
—No puedo, voy a terminar tardísimo y tengo que quedarme con el niño, mi marido tiene guardia en el hospital.
Dejaron de escucharse las voces y Carmen, todavía un poco confundida, siguió redactando el informe. La voz del que hablaba con Mila era sin duda la de Fernando, un hijo de papá de apenas treinta años que se había incorporado al equipo hacía unos meses.
No estaba en sus planes liarse con uno de los pasantes, nunca le había sido infiel a su marido. Fernando acababa de volver de Estados Unidos después de hacer un máster y su padre, un importante empresario, le había pedido personalmente que le contratara.
Era un chico muy válido y trabajador, se notaba que le faltaban tablas en la abogacía, pero se desenvolvía muy bien con la gente. Desde que se unió al equipo notó que se ponía nerviosa cuando le veía. Al principio eran miradas furtivas, después hacían por encontrarse en los pasillos o él iba a su despacho con cualquier excusa.
Una tarde, llamó a la puerta:
—¿Te apetece tomar un vino cuando salgamos?
Mila le miró tranquila y contestó:
—Fernando, sabes que eso no es posible.
—Si me dices que es porque no te apetece, no volveré a insistir.
No le contestó, bajó la vista e hizo como que leía.
«¿Qué coño haces, Mila? —pensó mientras se preparaba otro café —Eres mucho mayor que él, su jefa, conocida de sus padres y para colmo estás felizmente casada».
Mila era una de esas mujeres a las que todo el mundo miraba al pasar. Tenía una preciosa melena oscura, profundos ojos verdes y unas piernas largas que movía con elegancia captando la atención de todos. Su marido era un reconocido cirujano cardiovascular y juntos parecían una de esas parejas que salen en los anuncios de Mercedes. Tenían un bebé de dieciocho meses.
Pero le gustaba, no podía evitarlo. Quería mucho a su marido, pero ahora con el niño, todo era distinto. Ella no había recuperado su talla treinta y ocho y llevaban meses sin hacer el amor porque él siempre llegaba cansado del hospital.
Llevaban así un mes y una de esas tardes interminables en la oficina y cuando se habían ido todos, Fernando se presentó en su despacho con una botella de vino y dos copas. Esta vez no opuso resistencia. Cuando terminaron el vino, Fernando cogió su copa y muy despacio empezó a desabrocharle la camisa. Apartando los papeles, la cogió por la cintura y lo hicieron encima de la enorme mesa de madera noble.
Mila volvió a entrar, Carmen no se movió.
—¿Por dónde íbamos?
—Estamos revisando las declaraciones de los policías.
—Eso es, vayamos por ahí a ver qué sacamos.
Carmen se fue a casa dándole vueltas a lo que había escuchado. La vida de Mila era aparentemente perfecta y su relación de pareja también, o eso parecía.
Según pasaban los días, la presión de la fiscalía aumentaba y los medios publicaban datos falsos cada día.
Al día siguiente tenían la vista con el juez, se reunieron en el bufete a primera hora:
—Hola, ¿qué has averiguado?
—Efectivamente, está liado con la secretaria. Menudo capullo.
Se arrepintió de haberlo dicho, las dos bajaron la cabeza.
—Obviémoslo entonces, espero que el fiscal no lo haya averiguado todavía. Por muy sospechoso que nos parezca Echegoyen, para nosotras es inocente y tenemos que demostrarlo. ¿Qué tenemos de los policías?
—Parece que las pruebas se contaminaron, creo que vamos a tener suerte.
Estupendo, si declaran el juicio nulo, me doy por satisfecha.
Se levantaron para salir, cuando estaban poniéndose el abrigo, Mila le dijo:
—Carmen, respecto a lo que escuchaste ayer yo… fue solo una tontería, estoy muy estresada.
Carmen la interrumpió.
—Vamos a dejar a ese cabrón libre.
Mila le sonrió y apretándole el brazo le dijo:
—Eres la mejor. Vamos.
