Apagó el despertador del móvil antes de que sonara. No había podido dormir repasando los detalles de su huida.
Eran las cuatro de la mañana y debía ponerse en marcha. El miedo a ser descubierta y la emoción ante la perspectiva de una nueva vida sin Esteban le hicieron sentir un cosquilleo en el estómago. Esa sensación le recordó a cuando de niña jugaba al escondite con sus primos en la finca que sus tíos tenían en Betanzos.
Se levantó despacio y comprobó que dormía profundamente. La noche anterior le puso tres orfidales triturados en la crema de calabaza que preparó para cenar. Aunque solía dormir del tirón, no podía permitirse que se despertara si hacía algún ruido.
«Espero no haberme pasado, no está acostumbrado a tomar pastillas. Mañana tendrá jaqueca y no habrá quien le aguante». De repente, se dio cuenta de que ella ya estaría muy lejos y de que tenía que dejar de preocuparse por él. ¿Acaso lo había hecho él cuando casi la mata la noche que la tiró por las escaleras porque la había llamado tres veces y ella no había contestado?
—Estaba en el gimnasio, no llevo el teléfono a la sala.
—¿Por qué tienes que ir a ese gimnasio si tienes uno aquí? Te pone ver a los tíos sudando, ¿no?
—¿Por qué dices eso? Claro que no, pero me gusta ir con más gente, hacer deporte sola me aburre.
Tardó media hora en llamar a una ambulancia. Estuvo dos semanas de baja. Todo el mundo se creyó la historia de que se había caído, excepto su madre.
Se levantó y comprobó que la alarma estaba desconectada. Esa casa de diseño a veinte minutos de Coruña con enormes cristaleras en lo alto del acantilado, había sido su cárcel durante los tres últimos años. Pero eso estaba a punto de cambiar.
Cuatrocientos metros cuadrados distribuidos en dos plantas para ellos dos solos, gimnasio, sauna, piscina climatizada y exterior. Pocos muebles de diseño en blanco o negro decoraban aquel espacio de acero y cristal. Enormes sofás blancos rodeaban una pantalla de cine que ocupaba una pared entera. Apenas algunos cuadros en tonos grises y negros en las paredes, sin alfombras. La cocina industrial con meseta en el centro integrada en el salón y una mesa de comedor de cristal para doce personas.
«Para qué, si nunca invitamos a nadie».
—Hija, vuestra casa parece sacada de una revista, todo está perfecto, pero estas esculturas y esos cuadros tan oscuros, le falta un poco de calor, ¿no te parece?
—Ay, mamá no seas pesada. A Esteban le gusta así.
—Y a ti, ¿qué te gusta? Desde que le conoces solo hablas de lo que le gusta hacer, lo que le gusta comer, pero ¿qué hay de lo que te gusta a ti?
No te has traído nada de tu antiguo apartamento. Recuerdo aquellos cojines de colores que compraste en Marruecos, quedarían muy bien en este sofá.
¿Qué has hecho con ellos?
—Están en el garaje.
—Hija, pues sácalos. Pon la casa a tu gusto, también es tuya, ¿no?
—Ay, mamá, no empieces. A los dos nos gustan los espacios amplios y con pocos muebles.
—Cariño, Esteban es un hombre encantador, pero desde que estás con él ya casi no te vemos. Tu padre y yo estamos preocupados. Además, has perdido peso. Estás segura de que estáis bien? No te… —no terminó la frase.
—Claro que no, mamá.
—Recuerdo cuando íbamos a casa de tus tíos en verano. Te encantaba preparar la comida con tu tío y disfrutabas tanto saliendo con tus primos y tus hermanos. El verano pasado no viniste, todos te echamos muchos de menos.
Su familia era lo contrario a la de Esteban. Eran muchos y muy ruidosos, les encantaba organizar comidas familiares que duraban el día entero.
Sus tíos tenían una finca, donde ella y sus hermanos habían crecido con sus primos. Asaban sardinas y preparaban pulpo. Se reunían a menudo, ahora llevaba meses sin verlos.
Esteban, en cambio, era hijo único. Sus padres eran dos psiquiatras muy conocidos en Coruña. Siempre fueron amables con ella, pero distantes. No habían querido conocer a sus padres.
—Mamá, por favor, déjalo ya. He estado muy ocupada con la mudanza y tengo mucho trabajo en la oficina.
Lo que empezó como una relación perfecta había pasado a ser un infierno de insultos, amenazas y palizas, alternados con periodos de pasión desenfrenada y lloros de arrepentimiento.
Todo había sido muy paulatino, al principio la llevaba a cenar, le enviaba mensajes cariñosos e iba a buscarla a la oficina. Pero, poco a poco se fue relajando y empezó a conocer al verdadero Esteban. No tenía amigos, pasaba las horas leyendo o haciendo pesas en el gimnasio de la planta baja. No soportaba el ruido ni que le hablaran si él no iniciaba la conversación. La señora de la limpieza no podía ir si él estaba en casa y exigía que todo estuviera perfectamente ordenado. En su vestidor, los trajes y camisas (todos en tonos oscuros) estaban ordenados por colores.
—¿Por qué no podemos tener un perro? Me encantan los Golden Retriever. Con el jardín tan grande que tenemos, puede correr. Además, me haría compañía cuando estés fuera.
Esteban viajaba mucho. Era ingeniero de obras públicas, su empresa tenía proyectos en Panamá. Pero no le gustaban los animales, ni las personas. En realidad, solo le gustaba ella.
—Cuando viajo vienen mis padres a hacerte compañía. Además, sabes que tengo alergia, cariño—no era verdad.
Sabía que era mejor no discutir con él. Pasaba de decirle que la quería con locura a llamarla estúpida y darle un bofetón en cuestión de segundos.
Mientras se levantaba, pensó que no tener perro era una ventaja. Le habría dado una pena horrible dejarle con él y no podía llevárselo.
El enorme baño con bañera hidromasaje y ducha estaba dentro de su cuarto. Entró descalza y encendió la luz desde dentro. Se duchó y lavó el pelo cuando Esteban cayó dormido en la cama. Sabía que tenía un largo viaje por delante y le esperaban muchas horas en el coche.
Se vistió con unas mallas y sudadera negras. Se lavó los dientes y la cara y mientras se recogía su larga melena pelirroja en una coleta pensó: «En las persecuciones y huidas de las películas, las chicas siempre llevan el pelo suelto. ¿No les molestará?».
Al salir, tropezó y tiró el bote de cristal donde guardaba el algodón para desmaquillarse. Se asomó a la puerta del baño y le vio moverse. Se quedó quieta, empezó a temblar.
«Si se despierta, me matará».
Esteban se dio la vuelta y siguió durmiendo.
Desde que le conoció apenas había vuelto a ver a sus amigas, a Esteban no le caían bien.
Cuando María vino desde Cádiz a visitar a sus padres, quiso organizar una cena en casa, pero le dio largas.
—Me gustaría que conociera la casa y a ti.
—Sabes que no me gusta recibir extraños.
—María no es una extraña, es mi mejor amiga. Dejó todo y ha abierto un hotel en —la interrumpió —Por favor, déjalo ya.
Al final, tuvo que decirle que su madre se había puesto mala y pasaría a verla después de trabajar para cenar con María.
—Estás triste —dijo María después de abrazarla.
—Estoy perfectamente —disimuló sonriendo— Cuéntame todo sobre ese hotelito que has abierto en el Palmar.
Mientras María le contaba y le enseñaba fotos, se dio cuenta de lo infeliz que era. Su amiga resplandecía.
—¿Te acuerdas de los veranos en Cádiz? ¡Menudas juergas!
—Cómo no me voy a acordar, qué bien lo pasábamos.
—¿Por qué no os escapáis unos días este verano? ¿Esteban conoce esa zona?
—No lo sé —se dio cuenta de que había tantas cosas que no sabía de él —pero no le gusta el calor.
—El otro día me encontré a tu madre y me dijo que estaba preocupada por ti y que Esteban es muy raro.
—Ay, ya sabes cómo es mi madre. Nadie es suficiente.
—Pues si él no quiere venir, te vienes tú sola.
«Si pudiera» pensó.
Cuando volvió a casa aquella noche se dio cuenta de que llevaba mucho tiempo negándose a aceptar que debía alejarse de él para siempre. Había pasado de ser una mujer alegre y divertida a vivir asustada. Esteban había ido ganándole terreno poco a poco hasta anularla, haciéndole creer que los golpes o impedir que viera a su familia o a sus amigos significaban que la quería mucho. Pero ella sabía que no podía seguir así, quería volver a disfrutar de la vida. Pensó en dejarle muchas veces, pero no podía, al menor intento de iniciar una conversación sobre el tema, él le convencía de que la cuidaría para siempre y que eran muy felices juntos.
Ahora, al ver a María sola y feliz con su nuevo proyecto supo que debía escapar. Dejarle no era una opción, Esteban no dejaría que saliera de su vida viva.
La preparación fue minuciosa. Llevó el Volvo a revisión y el día antes de irse, al salir de trabajar lo lavó y llenó el depósito.
Cuando lo guardó en el garaje, metió en el maletero una bolsa con varias botellas de agua, almendras, nueces y dos paquetes de galletas Príncipe para el viaje.
Pensar en volver a comer lo que le diera la gana le hizo sonreír. «Se acabó estar todo el día pendiente de si engordo cien gramos o si como demasiado gluten».
Cuando terminó de vestirse bajó a la cocina. En un armario había guardado una mochila con lo más importante: su cartera con el dinero, el cargador del móvil, las gafas de sol, las llaves del coche y un pequeño neceser.
Fue sacando efectivo del banco en cantidades pequeñas durante meses para no levantar sospechas. Cuando conoció a Esteban, este trató de convencerla de que cerrara sus cuentas.
—Pero, yo tengo mi cuenta de ahorro desde que empecé a trabajar y quiero mantenerla.
—Cariño, si vamos a compartir nuestra vida, también deberíamos compartir las finanzas, ¿no crees?
—Pero tú ganas mucho más dinero que yo.
—Y yo no quiero que eso sea un problema, las parejas lo comparten todo. Lo mío es tuyo, es nuestro.
Le dijo que sí, pero unos meses después, se cogió un rato libre en la oficina y abrió una cuenta a su nombre en otro banco.
Hacía ya un año había empezado a meter pequeñas cantidades en esa cuenta. Sin ser consciente, ya estaba planeando su fuga. Sabía que Esteban no la dejaría irse voluntariamente.
Ahora disponía de dinero suficiente para tirar una temporada hasta ver qué hacía con su vida. No canceló las tarjetas de crédito, el director del banco llamaría a casa para preguntar por qué. Las guardó en el cajón de su mesilla.
María la llamó una tarde
—¿Cómo estás?
—¿Muy bien y tú? —mintió. Acababan de tener una discusión y Esteban le había dado una patada en el estómago.
—Pues muy bien, cansada de llamarte y de que no me contestes, ya te vale. No sé qué coño te pasa conmigo.
—Nada, es que tengo mucho trabajo y estoy agobiada en casa.
—Esteban y tú ¿estáis bien?
—Sí, pero —bajó la voz.
Se oyó por detrás:
—Cariño, ¿con quién hablas?
—Con nadie —Tengo que colgar —susurró.
Cerró sus cuentas de Facebook e Instagram. Esteban apenas usaba las redes sociales, aunque sabía que controlaba lo que publicaba y que sería una de los primeros sitios en los que la buscaría. Le pidió ayuda al informático de la empresa.
—Quiero que me ayudes a borrar mi huella digital ¿es posible?
—Por supuesto, pero ¿puedo preguntarte por qué?
—Porque pierdo demasiado tiempo viendo la vida de los demás y no quiero que los demás vean la mía. Quiero volver a ser analógica —sonrió tratando de parecer natural.
—Me parece muy bien, somos esclavos de la tecnología ¿verdad?
Compró una tarjeta SIM y la cambió en su Iphone la noche anterior. Cortó la antigua con las tijeras de la cocina en trocitos pequeños y los guardó en una bolsita. La tiraría en la primera papelera por la que pasara.
Las palizas no fueron inmediatas. Esteban era muy dulce cuando quería. No le había atraído por su físico. Aunque era muy alto, le sobraban kilos y le faltaba pelo, tenía los ojos oscuros y pequeños y cuando sonreía no se le veían los dientes. Pero era muy inteligente y muy detallista. Le gustaban el arte y la arquitectura, hablaba inglés, alemán y francés. Sabía bailar y entendía de vinos.
Y, sobre todo, la hacía reír.
María volvió a llamarla varias veces, pero no consiguió hablar con ella.
Dos semanas después, mientras Esteban estaba trabajando y sus padres dormían la llamó:
—María, tengo que salir de aquí.
—Dios mío, estás bien? Qué idiota soy, debería habérmelo imaginado. ¿Qué hago? ¿Quieres que vaya?
—No, lo tengo todo organizado. Esta noche te escribo. Tengo que colgar, adiós.
Antes de hacer la cena, había metido unos vaqueros, camisetas, zapatillas y ropa interior para una semana en una bolsa. La guardó en el maletero.
Esteban llegó tarde del despacho, había preparado una crema de calabaza con langostinos y una ensalada de espinacas con tomate y aguacate.
Se había acostumbrado a comer poco, pese a lo mucho que disfrutaba. No pudo evitar acordarse de su padre y su tío preparando aquellas maravillosas comidas familiares en Betanzos. A Esteban le gustaba que estuviera delgada aunque a él le sobrara peso y, a veces, le quitaba el plato cuando no había terminado de comer.
—Cariño, te estás pasando un poco comiendo últimamente ¿no crees?
Ella ya no se atrevía a contestarle. Con tal de no tener una bronca, dejaba de comer. Algunas veces escondía chocolate en el cajón de los manteles y se lo comía cuando él no estaba en casa, como una niña asustada.
Estaba guardando la thermomix en el lavavajillas y no le oyó entrar.
Se acercó despacio por la espalda y la besó en la nuca. Se le cayó un plato
—Ay, me has asustado.
—Tranquila, estabas tan sexy de espaldas que no me he podido contener —dijo con voz cariñosa.
Le metió la mano por debajo de la camiseta y se apretó contra ella.
—Esteban, para, por favor.
—¿Qué te pasa? ¿No tienes ganas de mí?
Tenía miedo de que se pusiera agresivo.
—Claro que sí, cariño. No es eso, es que tengo la regla y no me encuentro bien.
—Sabes que no me importa.
—Vamos a cenar, por favor.
—Vale, veo que no estás de buen humor —la dejó.
Se obligó a cenar aunque tenía el estómago cerrado. Esteban empezó a hablar de su trabajo, ella asentía ausente. Miró el reloj. Las once
Mientras terminaba de recoger la cena, él se sentó en el sofá a ver un documental de David Attenborough en Netflix. A los diez minutos se quedó dormido. El orfidal había hecho efecto.
Cariño, vamos a la cama. No te quedes dormido aquí.
—Uf, estoy hecho polvo. No sé qué me pasa —se mareó al levantarse.
—Espera que te ayudo. Es solo que estás cansado, últimamente trabajas mucho.
Le cogió del brazo para ir hasta la habitación. Apenas pudo desvestirse, se tumbó y se quedó inmediatamente dormido. Le terminó de quitar la ropa y con mucho esfuerzo le metió en la cama.
Fue a la cocina y preparó un termo de café y unos sándwiches. Después, revisó que no le faltara nada y pensó con tristeza:
«Ojalá hubiera hecho esto antes. ¿Cómo he podido vivir así tanto tiempo?».
Pero no era momento de arrepentimientos, tenía que salir ya. No había querido contarles nada a sus padres, sabía que Esteban les llamaría y les amenazaría si descubrieran que sabía dónde estaba.
Eran las 4:45 cuando cogió la mochila y el termo y salió sin mirar atrás.
Sacó el coche del garaje y bajó la empinada rampa hasta la puerta principal en punto muerto.
Ya tenía la dirección grabada en el navegador. Cuando vio una papelera, paró, abrió la ventanilla y tiró los trocitos de la tarjeta SIM. En ese momento pensó:
«Ahora. Ya soy libre».
Cuando cogió la A6 dirección Cádiz, envió dos mensajes:
—María, acabo de salir. Espérame a cenar.
El segundo, a su madre:
—Mamá, me voy. Te llamaré pronto. Borra este mensaje. Te quiero.
