La nota

—Todos en pie. Preside el honorable Juez Owens.

La acusada vio como su señoría volvía a entrar en la sala.

—Alguacil, por favor, haga pasar a los miembros del jurado.

Margaret McKenzie se sintió observada. Llevaba un traje de chaqueta gris y una blusa blanca que dejaban ver su avanzado embarazo. El pelo rubio recogido en un moño bajo sin ninguna joya, a excepción de su alianza y de los pendientes de brillantes que le había regalado Patrick en su primer año de novios. Tenía los ojos azules y tristes debajo de aquel rictus sereno.

Cruzó su mirada con el Juez Owens y enseguida supo que aquel hombre conocía su secreto. En cualquier caso, no le correspondía a él decidirlo, sino a los doce miembros del jurado que habían deliberado durante las últimas diez horas después de las cinco jornadas de juicio.

Hacía mucho calor en la sala. Londres en agosto era una ciudad húmeda y pegajosa.

—Se ruega a la acusada Margaret McKenzie, se ponga en pie.

Margaret y su abogado se levantaron a la vez.

—Señores del jurado, ¿tienen ya un veredicto?

—Sí, señoría. Lo tenemos.

Abrió el sobre. El silencio cortaba el ambiente.

—En la acusación  por el delito de asesinato en primer grado de Sir Patrick Coolingwood, este jurado considerada a la acusada, Margaret McKenzie… inocente.

Un murmullo de alivio inundó la sala.

Margaret, sin cambiar el gesto, miró a su abogado y estrechó su mano. Se volvió hacia sus padres que lloraban de alegría. Se permitió una leve sonrisa.

«Esta mujer ha asesinado a su marido, aunque no hay causa aparente ni pruebas que la incriminen  —pensó el Juez Owens —En fin, nunca lo sabremos».

Ya está —pensó Margaret —Se acabó.

El arrepentimiento no entraba en sus planes, para ella lo más importante es que Patrick estaba muerto. Ahora cuidaría a su hijo tranquila y vivirían cómodamente el resto de sus vidas.

Margaret y Patrick se conocieron en Oxford en su segundo año de Universidad.

La familia de Margaret, una de las más antiguas y conocidas de Cornwall, había perdido gran parte de su fortuna por culpa de una mala inversión de la empresa de armadores de su padre. Su madre se empeñó en que su hija pequeña recibiera la mejor educación y siguiera relacionándose con la alta sociedad inglesa, incluso si eso significaba vender alguno de sus cottages o las joyas heredadas por las mujeres de su apellido desde hacía generaciones.

Patrick era miembro de una de las familias más acaudaladas de Inglaterra y futuro Conde de Northampton. Cuando terminara sus estudios sería el responsable de mantener el patrimonio familiar.

Cuando se conocieron, se hicieron amigos enseguida, pero no hubo nada más. Patrick le parecía inalcanzable, además de ser uno de los herederos más cotizados del país, era tremendamente atractivo con aquellos grandes ojos oscuros y rizos castaños. Margaret era una joven elegante, tenía una sonrisa bonita, pero los chicos no solían fijarse en ella. Se llevaba muy bien con ellos, pero nunca había tenido novio. Era la pequeña de cuatro hermanos y en casa la consideraban un hombre más.

Salían a montar a caballo con el resto de amigos u organizaban picnics los domingos.

—¿Quieres que juguemos al tenis mañana? —le preguntó Patrick un día.

—Claro, me encantaría.

Desde aquel día, empezaron a estudiar juntos y cada vez hacían más planes solos. Su relación se fue fraguando poco a poco y se volvió más sólida con el tiempo.

Cuando terminaron el curso, Margaret invitó a Patrick a pasar unos días en la casa familiar de Cornwall.

Patrick era muy divertido. Jugaba al polo, al tenis y enseguida se hizo amigo de sus hermanos mayores. A veces, salía con ellos a tomar cervezas al pub del pueblo.

A Margaret le gustaba pasar las tardes con sus padres. Jugaban al bridge o leían en la biblioteca.

Su madre se mostró ilusionada ante aquella relación.

—Estoy tan feliz por Margaret, querido. Patrick es encantador, ¿no te parece?

—Su padre es un mujeriego, espero que su hijo sea un poco más formal.

—Calla, calla ¡qué sabrás tú! Vayamos a tomar el té. Margaret nos está esperando.

Después del verano, ambos volvieron a Oxford y en el último curso se comprometieron.

Organizaron la pedida de mano en casa de los padres de Margaret. El servicio se afanó en poner la casa a punto para la ocasión. A la cena asistiría solo la familia más cercana. Vistieron las mesas con mantelerías de hilo bordadas a mano, vajilla de limoge y la cubertería de plata con las iniciales de la casa McKenzie que solo se utilizaba en las grandes ocasiones. Decoraron el jardín con velas y luces blancas. Después de cenar, vendrían los amigos de la pareja a la fiesta que duraría hasta la madrugada.

La boda estaba prevista para principios de junio, la celebrarían en la residencia familiar del novio.

Margaret ya se había hecho varias pruebas de su vestido de novia en Londres. Él  tenía mucho trabajo y dejó los preparativos en manos de su futura esposa. Harían un safari en Sudáfrica y después se instalarían en una de las propiedades de la familia Collingwood.

Después de cenar y del discurso que hizo el padre de Margaret deseando mucha felicidad al futuro matrimonio, se entregaron los regalos.

Patrick le regaló un magnífica sortija con una enorme esmeralda rodeada de brillantes heredada de su madre.

Su suegra, se acercó y abrazándola, le dijo:

—Te deseo que seas tan feliz con mi hijo como lo he sido yo todos estos años con su padre, querida.

Margaret estaba exultante, todo estaba resultando tan bonito. Además, había tenido mucha suerte con su familia política. En alguna ocasión, había oído a sus amigas hablar sobre sus suegras, pero eran comentarios superficiales y nunca se había atrevido a preguntar. Se había educado en un entorno donde la discreción y la prudencia eran indispensables. Sobre todo entre las mujeres.

Cuando Patrick se levantó para hacer un brindis en honor de los anfitriones y su futura esposa, se le cayó una nota del bolsillo de la chaqueta del traje.

Margaret la recogió:

—Te espero en la sala de calderas después de la cena.

Disimuladamente, devolvió el papel a su bolsillo y se quedó pensativa.

«¿Con quién habría quedado Patrick después de cenar y para qué?». Imaginó que habría organizado alguna sorpresa para cuando llegaran sus amigos.  Había contratado a un grupo de música muy bueno y estaba segura de que habría fuegos artificiales o algo que ella no se esperaba.

Cuando terminaron los brindis y se levantaban para recibir al resto de invitados en el jardín, vio como Patrick salía disimuladamente del comedor. Intrigada, decidió seguirle para darle una sorpresa, estaba deseando quedarse a solas con él, aunque solo fueran unos minutos.

Se escabulló entre la gente y le siguió sigilosa. Patrick entró deprisa en el cuarto de calderas y cerró detrás de él. Cuando Margaret iba a abrir la puerta, oyó voces dentro.

—¿Te ha visto alguien?

—Claro que no.

—No podía esperar ni un minuto más. Te deseo tanto.

—Yo tampoco. No tenemos mucho tiempo.

Reconoció su voz, era James el administrador de la familia Collingwood.

Se quedó escuchando, unos minutos después escuchó gemidos entrecortados.

Salió corriendo y subió a su habitación desconsolada.

Ahora lo entendía todo, ella era su tapadera. Casarse con Margaret aseguraba a Patrick poder llevar una doble vida y tener un amante o varios, sin que nadie sospechara nada. Aunque habían cambiado muchas cosas en los últimos años, en la rancia sociedad inglesa en la que habían crecido, nadie habría aceptado que el conde de Northampton fuera homosexual. Mantener las apariencias era fundamental.

Margaret sintió una furia interna que no reconocía. Tuvo que contenerse para o gritar e ir a contárselo a todo el mundo. De repente, la idílica vida de una aristócrata enamorada y feliz simplemente no existía. No sabía cuánto tiempo podría vivir aquella farsa ni si quería hacerlo. Hasta entonces, Patrick no le había dado muestras de que no le gustaran las mujeres, si bien no era un hombre muy apasionado, tampoco tenía con quien compararlo y sabía que no podría hablar con nadie de esto. Pero, cuando escuchó su voz detrás de aquella puerta, supo que aquel hombre no sentía nada por ella.

Trató de calmarse, sabía que no debía hacer ni decir nada, al menos de momento. Se refrescó la cara, se arregló el peinado y bajó a recibir a los invitados con su mejor sonrisa.

Cuando llegó al jardín se encontró con Patrick dando instrucciones a uno de los camareros.

—¿Dónde estabas? Ya está llegando todos.

—Perdona, me sentí indispuesta y he subido un momento a mi cuarto.

—¿Estás bien?

—Claro que sí, cariño. Vamos a divertirnos.

Cuando volvieron de Sudáfrica se instalaron en su nuevo hogar y Margaret organizó la casa tal y como le habían enseñado de niña.

Veía a Patrick paseando con James por el jardín, aparentemente hablaban de temas de trabajo, pero solo ellos tres sabían que aquello no era cierto. Su vida se había convertido en una mentira y no sabía durante cuánto tiempo podría soportarlo.

Organizaban cenas con amigos y salían a pasear con los perros o a montar a caballo. Los dos disimulaban ser felices.

Cuando Margaret se quedó embarazada dejaron de compartir habitación. Aquello era algo normal y a nadie le extrañó.

—Así descansarás mejor, cariño.

Ella sabía que eso le permitiría recibir a James en su cuarto mientras el servicio dormía.

Siempre había querido ser madre, aunque no se imaginaba que, a pesar de esa gran noticia, pudiera ser tan desgraciada. Aunque aquello no podía acabar con ella, sabía que debía cuidarse, por ella y por el bebé

Dejó de ser la mujer despreocupada y alegre que siempre había sido. Espiaba a su marido, buscaba entre sus cartas y escuchaba sus conversaciones telefónicas.

Estaba obsesionada y cuando les veía juntos tenía que disimular para que no se dieran cuenta de que conocía su secreto.

Y empezó a elaborar su plan. La primera vez que pensó en matarle creyó que se había vuelto loca. Trataba de convencerse de que su vida no era tan desgraciada, pero poco a poco se fue convenciendo de que aquella era la única salida. Sus familias nunca les dejarían divorciarse, sería un escándalo y harían lo imposible por quitarle a su hijo.

James administraba el patrimonio familiar, así que era normal verle por la casa. A veces, con cualquier excusa los dos se reunían durante horas o se alejaban de la propiedad.

Le dio vueltas y vueltas durante meses, no sabía cómo hacerlo ni si tendría valor. Se dio cuenta de que se había convertido en una mujer fría. Empujarle por el acantilado en alguno de sus paseos, envenenarle, manipular los frenos del coche… debía valorar todas las opciones. Aquella nueva Margaret era una mujer calculadora que sabía que no podía cometer ningún fallo. Su futuro y el del hijo que esperaba estaban en juego.

Siempre fue encantadora con James, jamás cambió el gesto cuando les veía juntos. Ellos no sabían que era la única que conocía su secreto y tampoco el precio que pagarían por él.

Y una noche se decidió. Estaba embarazada de cuatro meses y todavía salía a montar. Sabía que ya no podría seguir haciéndolo, así que a la mañana siguiente le propuso dar un paseo.

—¿Estás segura, cariño? No sé si será bueno para el bebé.

—Déjame dar un último paseo juntos. Yo iré despacio, si tú quieres galopar puedes escaparte y volver a buscarme para regresar juntos.

A Patrick le encantaba galopar por los acantilados, a Margaret le daba miedo. Esa mañana fue a ver a los caballos y le pidió al mozo que los ensillara.

—Saldremos después de comer. Por favor, tenga los caballos preparados a las dos. El señor montará a Frankel.

—Muy bien, señora.

Sin que la viera, añadió varias gotas de un suplemento estimulante en el bebedero de Frankel. Aquel caballo bravo se desbocaba con facilidad, Patrick lo montaba a menudo y creía tenerlo domado, pero ya había tirado a varios mozos.

Llegó antes que él y aprovechó un despiste para aflojar un poco la montura, de esa forma saldría despedido con más facilidad.

Le metió prisa.

—Vámonos ya o se nos hará tarde.

Llegaron hasta los acantilados, la vista era espectacular. Se quedaron un momento quietos mirando el mar, entonces Patrick puso el caballo al galope y saludándola con la mano, le gritó:

—Dentro de un rato vuelvo a por ti.

Los nervios la consumían, aquello podría no salir bien, pero ahora solo debía esperar. Respiro hondo, puso su caballo al trote y un rato después lo vio.

Respiró de alivio, todo salió como había previsto. Cuando lo encontró, estaba en el suelo con un fuerte golpe en la cabeza y los ojos abiertos. Comprobó que estaba muerto y salió galopando a buscar ayuda.

El caso se habría cerrado inmediatamente si no hubiera sido porque cuando encontraron a Frankel no tenía la montura. Aunque no tenía motivos, James sospechó que Margaret pudo haber tenido algo que ver. La odiaba porque sabía que Patrick nunca podría divorciarse de ella y estaba condenado a verla a diario.

Pese a que para el Scotland Yard el caso estaba claro y no había ninguna razón por la que Margaret hubiera deseado la muerte a su esposo, tuvieron que abrir una investigación.

James contó al Inspector que Margaret odiaba a su marido y que tenían fuertes discusiones, pero nadie más apoyó su teoría. Sus familiares, amigos y personal de servicio nunca presenciaron ninguna pelea entre ellos y todos declararon que estaban muy enamorados y felices ante la llegada de su hijo.

La falta de pruebas concluyentes y la reputación intachable de Margaret McKenzie y su familia, ayudaron a que el jurado considerara que la montura se soltó debido a la velocidad del caballo.

—Este tribunal considera que la muerte de Sir Patrick Collingwood se debió a un fatal accidente, por lo que la acusada queda libre de toda culpa.

—Se levanta la sesión.

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