Dos hermanas

El ambiente era insoportable. Aquella casa apestaba a humo. Charlotte fumaba tabaco sin filtro compulsivamente y, como tenía miedo a la gente y también a coger alguna enfermedad en la calle, no salía y tampoco abría las ventanas. Como si la enfermedad no pudiera cogerla dentro de aquel viejo y enorme caserón inglés sin ventilar, lleno de raídos muebles de madera, alfombras que no habían visto una aspiradora en meses y pesadas cortinas de terciopelo.

—Charlotte, voy a abrir las ventanas, no puedo respirar.

—Ni se te ocurra, no quiero coger una pulmonía.

—Aquí dentro casi no hay oxígeno, vamos a morir las dos.

Charlotte es mi hermana mayor y llevo encerrada con ella en esta casa seis meses. Dejé el internado poco antes de que murieran mis padres, los dos en un corto intervalo de tiempo. Estaban muy enfermos y estuve con ellos en sus últimos momentos. Charlotte no quiso ni oír hablar de ir al internado, ella apenas salía de casa y convenció a mi padre para que contratara una institutriz en lugar de ir al colegio con otras niñas.

 

Desde que murieron nuestros padres apenas salgo de casa. Mi hermana no para de decirme que tengo que ir a cortarme el pelo, que coma más, que fume menos. A veces parece que es ella la hermana mayor y no yo. Quizá tiene razón, pero es que no quiero. Está constantemente diciéndome que tengo que ir al médico. ¿Para qué? Seguro que si voy me dice que deje de fumar o me encuentra algo.

 

Charlotte come muy poco y no para de deambular por la casa sin hacer nada en todo el día excepto fumar y hablar sola. He tratado de llevarla al médico pero les tiene terror y tampoco deja que nadie entre en casa.

Nuestros padres eran muy mayores y en su testamento nos dejaron todo lo que tenían a partes iguales. Eso incluye una finca en los Cotswolds y una casita en la costa de Cornualles, además de la vieja casa familiar a las afueras de Londres en la que me encuentro. A simple vista parece sencillo, vendemos todo, repartimos entre dos y cada una por su cuenta, pero el testamento tenía truco: “la única condición es que viváis juntas, siempre”.

Eso significa que a mis dieciocho años recién cumplidos me espera una larga, lenta y solitaria existencia, porque Charlotte no quiere salir, pero tampoco me deja hacerlo a mí.

 

Me ha propuesto que vendamos la casa, reconozco que cuando me lo dijo perdí los nervios y me puse a tirar cosas al suelo, pero es que no lo entiendo. También quiere deshacerse de los cuadros y adornos, según ella para hacer que la casa sea más acogedora. A mí me gusta así. Dice que actúo como si el tiempo se hubiera detenido y mis padres no hubieran muerto. El otro día me dijo que me había escuchado hablar sola imitando la voz de una niña pequeña, qué tontería.

—Charlotte, ¿con quién hablabas ayer por la tarde? —me dijo.

—Con nadie, ¿con quién voy a hablar? —le contesté.

—¿Hablabas con papá y mamá? —insistió.

—Claro que no, no digas bobadas.

La conversación subió de tono y pasamos a los gritos.

—Tú también piensas que estoy loca, ¿verdad? Papá me dijo que tuviera cuidado contigo, que querrías encerrarme para quitarme de en medio.

—¡Claro que no! Es que no puedes seguir así. Apenas comes y necesitas salir para que te de el sol.

–¡Déjame, yo estoy bien así!  —Y salí dando un portazo.

 

Además de fumar, Charlotte bebe sin control. Es algo que no soporto, no me gusta ver a la gente borracha, me pone de los nervios. Además, no toma nada sólido y su café del desayuno huele a whisky. Una tarde me colé en su cuarto —para ventilarlo sin que me viera— y encontré varias botellas de cognac debajo de la cama.

Unos días después, me escapé para hacer la compra y no le dije nada para que no se pusiera histérica. Normalmente nos la traen a casa, pero ya no podía seguir encerrada allí dentro ni un minuto más y aprovechando que estaba adormilada en el sofá, me fui. Cuando volví me la encontré llorando y chillando:

—¿Por qué me has dejado sola? Tú también me quieres abandonar.

—He ido a la tienda, solo he tardado media hora. Necesitaba salir de aquí.

—¿Por qué? ¿Acaso no tienes aquí todo lo que necesitas?

Cómo explicarle a aquella mujer solitaria y desquiciada que el mundo está ahí fuera, esperando. Que hay música, gente, árboles y mil cosas de las que disfrutar y que ella —y en consecuencia, yo— nos lo estábamos perdiendo.

Cuando se calmó, la acompañé a su habitación y la metí en la cama.

 

No sé qué le pasa a mi hermana, apenas me habla, excepto para decirme que se siente encerrada aquí dentro. Yo sí que la noto extraña, no para de refunfuñar y se pasa el día leyendo o viendo películas absurdas. A veces noto que quiere hablarme de ese tal James al que conoció el año pasado. Pero yo no quiero saber nada, se irá con él y me dejará aquí sola. Cuando lo pienso solo me apetece gritar y romper cosas. Les prometimos a papá y mamá que siempre estaríamos juntas, si ella prefiere estar con ese hombre no verá un solo penique.

 

Conocí a James hace un año, en las vacaciones de verano y solo quiero estar con él. A veces, viene de madrugada a escondidas para estar juntos o me escapo por el jardín cuando Charlotte duerme, pero esto no es vida, ni que estuviéramos haciendo algo malo. Alguna vez le he hablado a Charlotte de él, pero ella hace como que no me escucha y cambia de tema.

Ella no puede vivir sin mí y yo no puedo vivir con ella. Hace un par de semanas me tiró del pelo y cuando conseguí soltarme y salir corriendo, me lanzó un espejo a la cabeza, que esquivé de milagro, porque le dije que quería invitar a James a casa.

Es otoño y los días son grises y cortos y yo ya no puedo más. Esta noche vendrá James a cenar, le guste a Charlotte o no.

 

Acabo de pasar por el comedor y he visto el mantel de hilo puesto. Sobre la mesa están los candelabros de plata y la vajilla buena de mamá. Después, he ido a la cocina y la he visto dándole instrucciones a Mrs. Potts sobre el punto del roast beef. Parecía nerviosa y hacía tantos gestos con las manos que casi golpea a la pobre Mrs. Potts con una cuchara de madera. He subido corriendo a mi cuarto para que no me vean. Me he servido una copa y he puesto la música alta, no quiero saber lo que está tramando mi hermanita pequeña.

 

Son las cuatro y Mrs. Potts se acaba de ir a su casa. Subo las escaleras y llamo a la puerta de su habitación. Tiene el tocadiscos tan alto que no me oye, así que entro directamente. Está medio desnuda, cantando frente al tocador, borracha y con el carmín de labios por toda la cara.

—Charlotte, ¿estás bien? Deja de beber ya. ¿Quieres que te ayude a arreglarte? Va venir James a cenar con nosotras. Ya verás cómo te gusta, es un hombre encantador.

Saltó sobre mí como una pantera y me arañó la cara. Le di un bofetón y cayó al suelo. Cuando iba a salir dispuesta a dejarla encerrada y cenar con mi novio, me agarró del tobillo y me tiró al suelo. Rodamos por la alfombra entre gritos y golpes. Cuando conseguí salir de la habitación y estaba a punto de cerrar la puerta, me golpeó con un cepillo de plata en la muñeca. Eché a correr y salió detrás de mí.

 

Se escuchó el golpe seco desde lo alto de la escalera y se hizo el silencio de nuevo. Cuando llegaron Scotland Yard y los servicios médicos no pudieron hacer nada por reanimarla.

—¿Está usted bien, señora? —me preguntó el inspector.

—Sí —contesté — es mi hermana, nos peleamos y la empujé por las escaleras.

—Tendremos que hacerle algunas preguntas —dijo el inspector.

—Claro que sí, pero ¿podrían ustedes esperar a mañana, señor inspector? Estoy agotada —dije apoyándome en la escalera.

—Debería acompañarnos a comisaría, pero está bien. Descanse y mañana volveremos a primera hora.

—Claro que sí inspector —contesté con mi voz más dulce. Por favor, cierren bien todas las puertas al salir. Cuando comprobó que se habían ido, se giró y fue al salón a servirse un brandy.

 

Elena

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