—Míranos tío, estamos aquí limpiando váteres cuando tendríamos que estar de copas con nuestros colegas en Cádiz. Hay que joderse.
—Calla, que nos van a oír.
—Cabo Milla, definitivamente somos unos pringaos.
Nacho Milla y Gonzalo Feijoo eran amigos desde que tenían uso de razón, aunque de eso no andaban muy sobrados. Sus padres también eran amigos desde la infancia.
Inquietos e hiperactivos, así les describían sus profesores desde la guardería. En aquella época, el TDAH no estaba diagnosticado, así que simplemente eran los que la liaban siempre en clase. A los seis años metieron una pastilla de jabón en la cerradura del aula y dejaron a todos encerrados durante un buen rato.
A los doce, metieron una cucaracha en el bolso de señorita Begoña. Sus padres les castigaron una buena temporada sin tele y sin verse fuera del cole, pero, a veces, cuando se reunían para cenar los cuatro juntos los viernes por la noche, se reían de las gamberradas de sus hijos.
La adolescencia no les ayudó a madurar y como las chicas se reían con sus bromas, se habían acostumbrado a ser los payasos de la clase.
Estaban en el último año de bachiller y ninguno de los dos parecía dispuesto a aprobar todo en junio.
El padre de Gonzalo era militar y, pese a que en casa había reinado una disciplina férrea, su hijo pequeño era un pieza y no habían sabido manejarle.
—Olvídate de ir a Cádiz con tus amigos de vacaciones. Si no apruebas todo, no hay verano.
Nacho escuchaba las mismas amenazas en casa, sabía que su madre no claudicaría.
Como casi todos los viernes, las dos parejas salieron a cenar.
—No sabemos qué hacer con él, no va a aprobar. Si no hace la PAU en junio no le admitirán en ninguna universidad —dijo la madre de Nacho.
—Nos va a tocar pagar una universidad de esas donde les regalen el título
—contestó su marido.
—Tranquilos, tengo la solución —misteriosa, la madre de Gonzalo sacó un recorte de periódico con un gran anuncio que decía en letras mayúsculas: CAMPAMENTO MILITAR y junto al titular, un hombre y una mujer con cara de pocos amigos y uniforme señalaban la entrada del campamento.
—Pero, ¿esto qué es? —preguntó su marido. Fíjate, él parece el protagonista de La chaqueta mecánica, da miedo.
—Pues un sitio para los hijos de padres desesperados. En lugar de mandar a los chicos a estudiar inglés a un campamento de verano o tenerles castigados todo el verano sin hacer nada, les vamos a enviar a un campamento militar, a que aprendan lo que es bueno.
Los cuatro se miraron, no sabían si aquello era una tontería o una posible solución. Lo que sí sabían era que lo habían intentado todo y que sus hijos necesitaban mano dura.
Unas semanas después, con varios suspensos cada uno y el pelo corto al dos, sus padres les llevaron en coche hasta el cuartel donde pasarían las próximas ocho semanas.
—Pero, ¿esto va en serio? Os prometo que nos pondremos a estudiar, pero, por favor, no nos dejéis aquí —suplicó Nacho a su madre.
Gonzalo también lo intentó sin resultado.
—Demasiado tarde. Os recogeremos el treinta y uno de agosto. Que disfrutéis del verano.
—¡Cabo Ignacio Milla!
—Sí, soy yo.
—Presente, señor.
—Eso.
—Repita —le gritó —Presente, señor.
A Gonzalo le entró la risa.
—¿Le parece gracioso, cabo? Cincuenta flexiones ¡Ya!
Después de pasar revista y quitarles los móviles, les enseñaron su tienda y les mandaron a dormir sin cenar. Iban a pasar los dos meses más calurosos del año durmiendo en tiendas de campaña con otros ocho desgraciados en una base militar de Torrejón de Ardoz. Los catres eran minúsculos y aunque habían oído historias de sus padres en la mili, hasta ese momento no conocían el significado de la palabra letrina.
No pegaron ojo. Tocaron diana a las seis de la mañana.
Una voz metálica e impersonal dijo por megafonía:
—Todos en pie. Preséntese en el comedor en veinte minutos.
—¿Qué cojones, aquí no hay agua caliente? —protestó Gonzalo. No obtuvo respuesta.
Se pusieron las botas y el uniforme que les habían dado y llegaron al comedor por los pelos.
—Pareces la teniente O´Neill —se rio Nacho.
—Buenos días. Soy el teniente Martínez, así se dirigirán a mí. Permanecerán en este cuartel durante las próximas ocho semanas. Durante este tiempo conocerán ustedes el valor del esfuerzo y el compromiso. Les enseñaremos lo que es el espíritu de sacrificio, el honor y la lealtad. Les recomiendo que sigan las normas. Se sancionará severamente a todo aquel que no las cumpla. Van a trabajar ustedes muy duro, pero les aseguro que la experiencia valdrá la pena. A continuación leeremos las normas y el código de honor. A todos se les asignarán tareas que irán rotando semanalmente. Se aclaró la garganta y comenzó:
– Seis de la mañana, toque de diana.
– A las siete, desayuno.
– A las siete y media se procederá al izado de la bandera y se presentarán honores mientras suena el himno nacional.
– De ocho a doce habrá distintas actividades: entrenamiento físico y diferentes maniobras.
– De doce a una, tareas de limpieza de comedor, letrinas, lavandería, etc.
– De una a una y media, almuerzo en la cantina.
– De dos a seis, clases teóricas y otras actividades como prácticas de tiro, simulacros de rescate, etc.
– A las seis, pase de revista a las tiendas.
– De seis y media a ocho, tiempo libre.
– A las ocho, cena.
– Toque de queda a las nueve.
– Se encargarán por turnos de la limpieza del comedor, letrinas, lavandería y guardias nocturnas.
– Son responsables de la limpieza de sus tiendas y el buen estado de sus uniformes.
– Están prohibidas las reuniones en otras tiendas y hacer ruido a partir del toque de queda.
– Están prohibidos los teléfonos móviles y cualquier otro aparato tecnológico.
– Está prohibido fumar y escuchar música.
– Está prohibido tener comida en las tiendas.
– Está prohibido beber alcohol.
—Joder, parece que estamos en la cárcel —susurró Gonzalo.
—Calla que te ponen a hacer flexiones otra vez —contestó Nacho, que estaba bastante asustado.
El teniente Martínez continuó enumerando las tareas asignadas a cada uno para esa semana.
— ¿Todo claro?
—Sí, señor.
—Señor, sí, señor. Esa es la respuesta.
—Señor, sí, señor —corearon asustados y mirándose unos a otros.
Y así empezaron sus vacaciones.
—¡Dios mío, esto es un infierno! —dijo Nacho imitando a Rambo.
—Esta noche no sentiremos las piernas. Tenemos más de cuatro horas diarias de ejercicio físico. La última vez que corrí fue cuando me persiguió Ramón por toda la calle cuando me fui del bar sin pagarle las cañas, ¿te acuerdas?
—Cabos Milla y Feijoo, esta semana limpieza del comedor y letrinas.
Cuando Gonzalo iba a protestar, el teniente le interrumpió.
—¿Tiene ganas de hacer más flexiones, cabo?
Mientras fregaban el comedor, Nacho pensaba qué estarían haciendo sus amigos en Cádiz.
Una semana después parecía que llevaban allí toda la vida. Sus padres los llamaban una vez a la semana y a partir de la segunda llamada los encontraron más animados, incluso contentos. Sobre todo a Gonzalo. A Nacho le estaba costando más adaptarse, siempre estaba a la sombra de su amigo, este era el que lo animaba y le ayudaba a terminar sus tareas cuando no le daba tiempo.
Los días transcurrían sin apenas tiempo para quejarse o lamentarse. De todas formas, ¿de qué serviría?
Los madrugones, las pruebas físicas, las maniobras los dejaban hechos polvo, pero cada día hacían cosas distintas. Se hicieron amigos de algunos de sus compañeros de tienda y por las noches jugaban a las cartas, pero estaban tan cansados que se solían quedar dormidos en mitad de la partida.
Los dos perdieron peso y ganaron músculos. Además de ponerse en forma, aprendieron a limpiar y disparar un arma, a realizar maniobras de evacuación de heridos y primeros auxilios. Cuando estaban solos reconocían que se lo estaban pasando bien.
En la sexta semana, mientras realizaban unas pruebas, Nacho tuvo un accidente. Un pequeño explosivo se detonó por error y Gonzalo vio a su mejor amigo saltar por los aires. Salió corriendo en su ayuda. Nacho perdió el conocimiento y entre todos le llevaron a la enfermería.
Una hora después Gonzalo, que estaba muy asustado, seguía sin saber qué le había pasado a su amigo.
—Cabo Gonzalo Feijoo, preséntese ante el teniente inmediatamente.
—El Cabo Ignacio Milla ha tenido que ser evacuado y se recupera en el hospital. No ha sido grave, pero ya no podrá volver a la base. Desde el hospital será enviado a su casa.
Gonzalo se quedó hecho polvo. Por lo menos Nacho estaba fuera de peligro, pero pensó que no podría estar las dos semanas que le quedaban sin él, ni siquiera había podido despedirse.
Estuvo unos días muy callado y apenas charlaba con el resto de compañeros en las comidas, pero poco a poco volvió a incorporarse a la rutina.
Pasaron los días y llegó el momento de la despedida. La noche anterior hicieron una fiesta con el teniente y el resto de sus superiores. A Gonzalo le habría gustado que Nacho estuviera con ellos.
Al día siguiente, al recoger su petate, se dio cuenta de que se le habían pasado las ocho semanas volando. Se despidió de sus amigos con la intención de seguir en contacto y fue al despacho del teniente Martínez.
—Adelante.
—Señor, vengo a despedirme. Quería darle las gracias por todo. Han sido dos meses muy intensos y muy duros, pero me voy muy contento.
—Cabo, ha sido un honor —el teniente se levantó. —Reconozco que cuando le vi, pensé: este hijo de papá no aguantará. Ha hecho usted grandes esfuerzos, ha protegido a su amigo y logrado mantener unido siempre al grupo. Me ha dado usted una lección. Le auguro un futuro brillante en aquello que se proponga.
Ambos hicieron el saludo militar y se dieron un fuerte apretón de manos.
Gonzalo se sentía muy orgulloso de sí mismo, ya no recordaba la última vez que lo había estado. Cuando le recogieron sus padres, su madre se echó a llorar. Le remordía la conciencia, pese a haber sido idea suya.
—¡Qué buena cara tienes, hijo, estás guapísimo! ¡Dame un beso!
—¿Qué tal habéis pasado el verano sin mí, desgraciados? ¿Mucha juerga?
—Un poco, no nos vamos a quejar —se rio su padre mientras le daba un abrazo.
—Nacho está perfectamente y deseando verte.
—Y yo a él. Menudo susto nos dimos.
—Creo que los dos reaccionasteis muy bien. El teniente está muy orgulloso de todo el grupo. Y nosotros también.
Gonzalo echó una última mirada al campamento mientras el coche se alejaba, estaba deseando llegar a casa.
Dejó el petate y se fue corriendo a ver a Nacho. Se abrazaron.
—¿Qué tal estás? Veo que no te has quedado tuerto, menos mal. Entre lo feo que eres y sin ojo, no ibas a ligar con nadie.
—Calla, qué susto me llevé, afortunadamente no pasó nada. ¿Qué tal te ha ido? ¿Cogiste el teléfono de los chicos? Tenemos que quedar un día con los de Madrid.
¿Sabes que me dio pena marcharme y pensar que me iba a perder las dos últimas semanas allí con vosotros?
—A mí también. No ha sido lo mismo sin ti, pero la verdad es que ha sido una experiencia guay, ¿verdad?
—Venga vístete, nos vamos a tomar algo. ¡Dios, qué ganas tengo de tomarme una cerveza!
Cuando llegaron al bar de Ramón, pidieron dos cañas y Gonzalo dijo:
—Nuestros padres son unos cabrones, pero creo que hicieron bien enviándonos allí, nos estábamos convirtiendo en unos payasos sin gracia. Ahora nos toca estudiar a tope, a ver si sacamos el curso.
—Tú eres un crack, seguro que te pones estos días y lo sacas. Yo te llevo dos semanas de ventaja. Volví con el horario cambiado y no me está costando tanto madrugar. Dios mío, estamos madurando, esto es un infierno —bromeó.
—¿Sabes, qué? Todavía no se lo he contado a mis padres, pero cuando te vi saltar por los aires, lo tuve claro. Voy a estudiar medicina para ingresar en el ejército. Me gustaría ir en misiones de ayuda humanitaria.
—¿En serio? He sido yo tu musa, ¿entonces? Ahora en serio, ¡cuánto me alegro, tío!. Quiero ver la cara de tu madre cuando se lo cuentes. Brindemos entonces por el futuro doctor Feijoo, ¡qué bien suena!
—Salud, amigo mío.
